Mosaico de vía muerta

El hombre pasó su mano por los blancos cabellos y dejó que los pensamientos flotaran entre la neblina de los recuerdos. Su mirada se perdió en el paisaje que, sin tiempo para detenerse, pasaba ante sus ojos con la rapidez de la misma vida. Hacía ya dos años que se había jubilado. Su mujer ya mostraba entonces los signos de la enfermedad que la aquejaba y que hacía dos meses le dejó solo. Y en esa soledad se había sumergido con desesperación hasta hacia una semana. Durante todo aquel tiempo su hija había intentado una y otra vez que cerrara la casa, y pasara una temporada con ellos. Y otra vez se había negado, alegando múltiples obligaciones que sólo existían en su imaginación. Hasta que la semana pasada recibió un sobre conteniendo un billete de tren, acompañado de una nostálgica carta de sus nietos que le echaban de menos. Ya no pudo seguir poniendo excusas.

Inquieto por los pensamientos que sin descanso le hacían revivir la muerte de su esposa, se levantó del asiento intentando acallarlos. Vio la mirada de un niño fija en él. Esbozó una sonrisa que provocó que el pequeño se refugiara en el regazo de su madre. Sin apenas darse cuenta su memoria retrocedió hasta el momento en que una situación similar se había producido en el pasado: un crío que con el rostro sumergido entre las faldas maternas intentaba no perder detalle de lo que sucedía a su alrededor.

Casi treinta años antes, y cuando él era un auténtico novato, se había recibido en la comisaría donde estaba destinado un mensaje que daba cuenta de que algo había ocurrido en el tren que cubría la ruta Alicante-Madrid. Los detalles de lo sucedido eran prácticamente inexistentes, pero se requería una patrulla en la próxima estación. Y ésa era la de aquel pueblo, apenas un punto inapreciable en el mapa. Normalmente no había pasajeros que bajasen en aquel lugar. Incluso había insistentes rumores de próximo cierre de aquel destartalado edificio, que apenas parecía poder tenerse en pie por sí solo. Pero Ramón Bernabeu, recién incorporado al Cuerpo, entraba a formar parte en aquel mismo momento de la operación policial que debía detener al tren y enterarse de lo que había pasado. En realidad los únicos que podían efectuar dicha maniobra eran el sargento y él, solitarios componentes de la plantilla.

Subieron al coche patrulla y con la sirena enarbolada al aire se encaminaron hacia la entrada del pueblo. La gente se quedaba parada viéndoles pasar, sorprendidos por tanto estruendo. Con algo más de mil habitantes, no era frecuente semejante espectáculo del que sólo tenían alguna referencia por el cine. Normalmente las cosas eran tranquilas, y los vecinos arreglaban sus diferencias entre ellos, sin necesidad de recurrir a la autoridad de un uniforme. Durante bastante tiempo después se habló de lo sucedido aquella tarde, e incluso hubo quien se lamentó de no haber llegado a tiempo de asomarse para ver las luces del vehículo que, a toda velocidad, recorría las escasas cuatro calles del municipio.

Cuando llegaron a la vieja estación, Sánchez, el encargado de que se cumplieran las normas establecidas por el ferrocarril, paseaba inquieto sin dejar de observar hacia la lejanía. Había recibido el mensaje que remitió con celeridad al cuartelillo. Apenas unos segundos después estaba de vuelta en su puesto, casi asfixiado por la doble carrera.

El sargento Ruiz se acercó a aquel hombre y con gesto solemne preguntó si había alguna novedad. Ramón se mantenía al lado de su jefe, pendiente de cualquier movimiento. Sánchez negó con la cabeza repetidamente sin pronunciar palabra. Los tres hombres se afanaron entonces en otear el horizonte, esperando a que apareciera la máquina con sus vagones.

Casi veinte minutos después escucharon un casi imperceptible pitido. Como si de una señal de alarma se tratara, el ferroviario se introdujo en la caseta, de donde salió unos segundos después con una flamante gorra en la cabeza y algo que parecía un banderín en la mano. Los dos policías se le quedaron mirando sorprendidos: nunca le habían visto ni siquiera con el uniforme puesto, y ahora se acababan de dar cuenta que aquel hombre mostraba una apariencia impecable. Los botones de la chaqueta parecían brillar bajo la luz de la bombilla que pendía sobre sus cabezas. Un ligero tufillo a naftalina impregnaba el ambiente. Sánchez seguía pendiente del sonido que se acercaba, sin dar muestras de notar la expectación de sus compañeros de espera.

Mientras todo eso sucedía, por el pueblo se había corrido la voz de que algo muy grave había pasado en el tren. Se decía que la Guardia Civil viajaba en él y había tenido un percance con algunos pasajeros. Parecía haber disparos y todo, y no se sabía seguro pero también algún muerto.

El alcalde intentaba calmar a us conciudadanos, pero se le veía correr de un lado a otro muy nervioso. Quería ocultar lo enfadado que estaba porque nadie le había avisado oficialmente de aquéllo. Y él era la máxima autoridad del pueblo. Cuando, a los gritos de una vecina que lo llamó desde la calle, se asomó a la ventana del ayuntamiento y se enteró de lo sucedido, esperó durante casi una hora a que el teléfono sonara, comunicándole la noticia. Pero aquel aparato permaneció completamente mudo mientras él se desesperaba. Todo el mundo estaba en la calle, sin saber muy bien qué hacer.

Unos decían que debían ir a la estación por si había muchos heridos y ncesitaban ayuda para bajarlos. Otros por el contrario, enarbolaban la opinión de que era mejor meterse en casa, no fuera que se escapara algún disparo. Además la Guardia Civil ya se habría hecho cargo de la situación y era mejor no llevarles la contraria. Una de las vecinas apuntó que necesitarían vendas. Como si fuera una orden, todas las mujeres corrieron hacia sus casas dispuestas a proveerse de sábanas para tal menester.

Los comentarios sobre las posibilidades de lo ocurrido se iban acrecentando conforme pasaba el tiempo. De pronto, un ligero pitido recorrió el ambiente. Todos reconocieron el sonido y echaron a correr hacia la estación.

La negra locomotora hizo su aparición en el horizonte. Lentamente avanzaba hacia el lugar donde, expectantes, aguardaban los lugareños. Su larga chimenea propulsaba grandes chorros de humo, que daban la apariencia de ser bocanadas ansiosas en busca del cielo. El nerviosismo de los que esperaban iba en aumento.

Por fin la gran mole de hierro llegó al andén y no sin cierta dificultad frenó su andadura, terminando por detenerse. Sánchez con cierta gallardía se dirigió hacia la cabecera mientras buscaba con la mirada al responsable del tren. Nadie bajó, por lo que siguió andando hasta llegar al lugar donde dos maquinistas se afanaban en diversas tareas. Con voz algo engolada preguntó qué era lo que pasaba. Los dos hombres sólo tenían conocimiento de que debían parar en aquel lugar. Nada más. Algo nervioso y seguido constantemente por el tropel de gente que parecían haberle nombrado jefe del rebaño, retrocedió hasta volver al punto desde el que había partido. Con el gesto serio, acorde con la gravedad del momento, se quedó erguido esperando a que de uno de los vagones se apease el encargado de comunicarle los problemas surgidos.

Apenas unos segundos después la figura de un revisor se asomó contemplando aturdido las decenas de caras que le observaban. De un salto quedó plantado ante los presentes, sintiendo que todos clavaban sus ojos en él. Buscó entre ellos y casi al instante vio a Sánchez. Caminó hacia él. Los vecinos se inclinaron hacia delante, dispuestos a no perderse ni una sola de las palabras que se pronunciaran. Apenas se escuchó algo dicho casi en un susurro, y a continuación los dos hombres empezaron a andar hacia el recinto considerado por todos como el despacho de la estación, y que era propiedad exclusiva del jefe de la misma. Hasta tal punto esta consideración era patente, que nadie en aquel lugar osaba entrar en el mismo sin haber solicitado previamente permiso a Sánchez.

Los dos hombres permanecieron durante varios minutos en el interior, mientras murmullos contenidos recorrían el exterior. Los comentarios de los espectadores iban aumentando en suposiciones, y los más avezados daban fe de lo que sin duda estarían hablando en el interior. De improviso Sánchez se asomó y pidió que le trajeran un poco de agua. Ante la pasividad de los oyentes, repitió la orden pero esta vez con tono enérgico. Varios hombres salieron corriendo y regresaron provistos de garrafones conteniendo el preciado líquido. La sonrisa, entre benevolente y socarrona del ferroviario les dejó aún más perplejos a todos. Cogió uno de los recipientes alegando que no hacía falta más, y volvió a introducirse en el despacho.

Estaba claro para la mayoría de los presentes que el problema surgido era que la locomotora se había quedado sin agua. Nuevamente las voces se elevaron argumentado posibilidades. De entre todas ellas se alzó una: la del viejo Tomás.

Era el más anciano de todos, y dando golpes con la vara que siempre llevaba en la mano, consiguió que le escucharan. Todo aquello era una tontería. El había trabajado de joven en el ferrocarril y lo que éste necesitaba no era agua, si no leña. Porque aquella máquina no era de vapor tal y como aquellos ineptos estaban diciendo.

Una de las mujeres le contradijo, alegando que su nuera que vivía en la capital, y que por cierto tenía la casa con todos los adelantos modernos del extranjero, le había enseñado una plancha a la que le metías agua y salía humo como la de aquella máquina que tenían delante. El viejo rió haciendo grandes aspavientos con los brazos mientras golpeaba con amplia sonoridad el empedrado. No se podía comparar una plancha con aquella preciosidad que descansaba entre las vías. Leña era lo que hacía que funcionara, y nadie debía discutirle a él que casi había inventado el tren. Todos se quedaron callados, aunque algunos hicieron movimientos que denotaba que no estaban de acuerdo. Pero no era el momento de empezar una discusión, que era sabido cómo acabaría. Las disputas entre los hombres del pueblo siempre terminaban a golpes. Y simplemente era un pobre viejo, a quien la edad hacía divagar.

Uno de los niños intentaba decir algo pero nadie le prestaba atención. Ante la insistencia del pequeño, su madre, sin hacerle demasiado caso, hizo como que le escuchaba. El revisor que estaba con Sánchez había abierto la garrafa y estaba bebiendo agua. Poco a poco la voz del crío entró en las mentes de los adultos y éstos se volvieron hacia la puerta de cristales. El niño tenía razón: el agua pedida era para aquel hombre. Después de un profundo silencio rompieron los comentarios de nuevo. El viejo Tomás había dado en el clavo. No era agua lo que había provocado la parada.

Sánchez, seguido por el revisor, salió buscando con la mirada a los policías. Hablaron en voz baja con el sargento quien haciendo un gesto a su subordinado inició el camino hacia uno de los vagones. Los cuatro subieron dejando que sus conciudadanos especularan sobre el nuevo movimiento.

En el interior del compartimiento los viajeros permanecían en sus asientos, salvo alguna excepción. Todos levantaron la cara observando a los recién llegados. No parecía suceder nada anormal.

Ramón, el joven policía, miró con curiosidad cada uno de los detalles de aquel lugar. Nunca había subido a un tren; cuando tuvo que ir a la capital siempre lo había hecho en autobús. Alguna vez le había llevado un vecino que tenía asuntos que tratar en la ciudad, pero casi siempre era en autobús. Los asientos del vagón eran dos largas tablas de madera, una en posición horizontal y la otra en vertical, desde donde le observaban con fijeza. Había varios niños que permanecían sujetos, debido a la amenaza de sus madres que los atenazaban con los brazos rodeándolos. Uno de los niños le miraba a hurtadillas refugiado entre las faldas de su madre. Tendría unos cinco años y su ensortijado pelo negro le cubría prácticamente los vivarachos ojos. Sin saber por qué se quedó mirándole y empezó a sonreírle. El pequeño hundió aún más la cabeza entre los amplios faldones pero él supo que no le perdía de vista. Aquella imagen se le quedó grabada en la retina y fueron muchas las veces que recordó a aquel crío pensando qué habría sido de él.

Oyó la voz del sargento que le llamaba; ruborizado por el despiste sufrido masculló una excusa que no llegó a terminar. Con dos zancadas llegó al lugar donde los tres hombres conversaban en voz baja; apenas conseguía entender de qué hablaban. Sánchez asentía constantemente con la cabeza mientras se le veía observar con especial detenimiento la puerta que separaba el vagón del exterior. Interesado por lo que parecía ser el motivo protagonista de todo aquello, Ramón miró con gran interés aquella puerta; era de madera y parecía estar hecha del mismo material que los asientos; su fuerte color oscuro no desentonaba en absoluto con el resto del decorado. La parte superior sujetaba un cristal que apenas dejaba entrever lo que había más allá. Era patente que, entre el vaho producido por la respiración de los pasajeros y el humo que desprendía la locomotora, una gruesa capa se había instalado permanentemente allí. Casi a hurtadillas miró los cristales de las ventanillas. Presentaban el mismo aspecto. Siguió observando la puerta. En la parte de abajo, ya toda de madera, varios arañazos y raspaduras hacían acto de presencia, sin que parecieran afectar a la consistencia de su fortaleza. Lo que parecía la cerradura estaba casi doblada y apenas quedaban trazos de lo que un día debió ser la manecilla que hacía posible su apertura. Por lo demás, no parecía haber más problemas.

Sánchez seguía asintiendo con la cabeza mientras no perdía su gesto hosco lleno de gravedad. El sargento escuchaba las palabras del revisor que seguía dando explicaciones. Ramón no conseguía oír lo que decía.

De pronto los tres hombres dieron por finalizada la conversación. El ferroviario estrechó fuertemente la mano de su compañero, mientras esbozaba una ligera sonrisa. Ruiz se cuadró saludando militarmente al hombre. El joven no supo muy bien cuál debía ser su comportamiento en aquel momento por lo que se limitó a retroceder. Entonces volvió a fijarse en aquel niño. Seguía arrebujado contra su madre y mirándole con aquellos grandes ojos.

Cuando bajaron del tren los vecinos se agolparon alrededor de ellos, preguntando como si de una sola voz se tratara, qué era lo que había pasado. Sánchez levantó las manos intentando poner un poco de orden entre aquel griterío. Finalmente tuvo que intervenir el sargento, quien poco a poco logró imponer algo de silencio. En aquel momento la locomotora rugió y las miradas de los presentes se volvieron hacia la máquina que seguía resoplando con fuerza. El humo empezó a salir por entre las ruedas, y los espectadores tuvieron que retroceder hasta tocar las paredes del recinto ferroviario.

Lentamente aquella enorme mole se puso en movimiento. Cuando los vagones empezaron a desplazarse, en uno de ellos se vio al revisor que les saludaba con la mano. Todos repitieron el gesto, manteniéndolo hasta que la larga serpiente se perdió en el horizonte. El silencio se adueñó de aquel andén, pareciendo que romperlo era casi un sacrilegio. Sánchez se metió con rapidez en la oficina, alegando que tenía muchas cosas que hacer y no atendiendo las demandas de explicación que casi a gritos se le pedían. Ante el abandono a que se vieron sometidos momentáneamente los vecinos increparon al sargento Ruiz, pero también éste se negó a hacer comentarios. Nuevamente con un gesto ordenó a su joven compañero que le siguiera. Ambos se encaminaron de vuelta al pueblo. La gente, cada vez más airada ante la falta de noticias, terminó por aporrear la puerta del despacho donde Sánchez seguía atareado moviendo papeles. Finalmente, y ante semejante aglomeración de furia, salió y con voz lo suficientemente elevada como para ser escuchada por todos, comunicó al pueblo que no podía decirles nada, ya que el motivo por el que se había producido aquella imprevista parada era de tal envergadura, que podía considerarse como un secreto de Estado. Y él. como funcionario público tenía la obligación de seguir las órdenes recibidas y guardar silencio al respecto. Los oyentes se sintieron sobrecogidos. Alguno de ellos insistió alegando que tenían derecho a saber qué era lo que ocurría, por si tenían que tomar algún tipo de medidas para salvaguardar sus casas. Otro comentó que no se había visto a la Guardia Civil en ningún momento, y que eso era señal de que iban de paisano. Sánchez no movió ni un músculo de su rostro y siguió adoptando la marcial postura del principio. Hizo un ligero movimiento con la mano y acalló los comentarios surgidos. Insistió: no podía decir nada.

Al día siguiente el joven Ramón se vio abordado, nada más salir de casa, por algunos vecinos que estaban esperándole. El debía saber lo que había pasado. Con cierta dificultad consiguió librarse de ellos y llegar hasta el cuartelillo. Allí estaba ya su jefe. Con mal disimulada timidez intentó preguntar por el suceso que recorría las calles. El sargento le miró con dureza, y habló durante largo rato del sentido del deber y de la cualidad de saber guardar silencio en relación a las obligaciones internas que todo oficial debe cumplir. El joven, abrumado por las palabras de recriminación, quiso excusar su falta, pero su jefe terminó la conversación indicándole que había mucho por hacer.

Así pasaron un par de años, hasta que él sintió deseos de cambiar su vida. No estaba dispuesto a pasar el resto de la existencia en aquel lugar donde a lo máximo que podía soñar era a sustituir algún día al sargento Ruiz. Y sus metas iban más allá. Quería ser un policía al que se le atribuyesen casos importantes, y no sólo el patrullar por unas calles que se recorrían en apenas diez minutos. Pero para ello tenía que salir de allí y encaminar sus pasos hacia una gran ciudad, donde las oportunidades de llegar a ser alguien fuesen patentes y asequibles.

Durante aquellos dos años en que fue forjando su decisión, nadie consiguió que ni Sánchez ni el sargento Ruiz, hablaran. Se limitaron a mantener un cierto aire de gravedad cada vez que el tema de la extraña parada surgía. Pero el mutismo fue siempre total. Cuando las miradas convergían en Ramón, éste se limitaba a adoptar la misma actitud, alegando que no le estaba permitido decir nada. Nunca nadie supo que, en realidad, no había conseguido enterarse de lo que ocurrió.

Su traslado a Madrid tardó algún tiempo en producirse. Cuando por fin llegó la notificación, apenas podía contener su alegría. Los únicos que no parecieron compartir tanto albotozo fueron sus padres. Eran gente sencilla, acostumbrados a que todo su mundo estuviera cercenado más allá de la salida del pueblo. Pero tuvieron que aceptar las ansias de independencia del único hijo. Cuando se marchó de aquel lugar, prometiendo volver pronto, no sabía que jamás volvería a ver a su padre. Un infarto apenas dos semanas después hizo que aquella separación entre ellos fuera definitiva.

En la capital las cosas no funcionaban como él había esperado. Su destino era más bien anónido y sin visos de que sucediera algo que le propulsara a la inmortalidad tal y como había soñado tantas veces. Muy al contrario, parecía no haber salida para aquel anonimato. Su trabajo estaba limitado a patrullar una concreta zona de la ciudad, en la que por cierto no había casi nada que hacer ya que la gente se comportaba dentro de los cauces establecidos para la convivencia. Y así fueron pasando los días y los meses, hasta que un día se dio cuenta de que había olvidado sus aspiraciones, y que toda su meta era dejar transcurrir las horas esperando que llegara el momento de cobrar su sueldo. Entonces conoció a María y todo pareció cambiar.

Durante un par de años hicieron planes para el futuro. Después y casi sin hablarlo se encontraron sumergidos en la vorágine de los preparativos de la boda. Un año después la familia había aumentado con el nacimiento de la niña. Todo el panorama estaba tan estabilizado que no parecía haber nada que lo pudiera enturbiar. María volvía a estar embarazada.

El aborto fue algo con lo que no contaban.. Más tarde supo que aquel proyecto de hijo que no tuvo las fuerzas necesarias para vivir había sido un niño. En el último momento las cosas se complicaron de tal manera, que casi le cuesta la vida a la madre también. No podrían intentarlo de nuevo. Ambos se consolaron pensando en que al menos tenían una hija a la que dar todo el amor.

Ramón fue ascendido, más por antigüedad que por méritos. Pero tampoco le importaba demasiado. Había perdido en el camino aquellas ilusiones que un día le hicieron meter en una maleta sus pocas pertenencias y arriesgarse a emprender un futuro lleno de inseguridad.

Las cosas que componían su entorno caminaban sin esfuerzo aparente hasta que un día todo pareció temblar desde sus cimientos. En la comisaría nadie conseguía escapar a la invitación de opinar sobre la última noticia. Todos daban su parecer, sin que importara demasiado si alguien escuchaba o no. Había momentos en que todas las voces se fundían unas con otras, en una masiva manifestación que apenas era oída más allá del propio intérprete. Ramón procuraba mantenerse al márgen, aunque sí había caído en la tentación de hacer algún que otro comentario con su mujer.

El caso es que se había recibido la notificación de que entre los últimos aspirantes designados, después de evaluadas las puntuaciones de la oposición, había una mujer que había obtenido plaza y con una de las mejores notas. Por ello había logrado que se le aceptara la petición del destino, y éste era precisamente aquella comisaría. Era la primera vez que algo así sucedía. Siempre se había considrado que el trabajo policial era de hombres. Nadie conseguía comprender qué pasaría en el momento en que aquella chica tuviera que hacer frente a una persecución, o sencillamente a una pelea callejera. El comentario, que no sin cierta sorna escuchó en boca de María le hacía sonreir cuando lo recordaba: él mismo no había tenido nunca, en tantos años de servicio, que verse envuelto en una situación de ese tipo. Seguramente muchos de los compañeros de su marido estarían en las mismas condiciones, por lo tanto el problema no era tan grave con aquella muchacha ya que todos eran tan novatos como ella. Cuando Ramón escuchó aquello intentó rebatirlo sin demasiada suerte. Su esposa tenía razón, aunque naturalmente su orgullo no le permitía reconocerlo.

Se presentó como Rosa. No parecía tener más de veinte años y su apariencia era la de una fragilidad absoluta. Pero pronto todos comprendieron que eso era pura fachada.

Dispuestos a convencer a la recién incorporada de que aquel lugar no era para ella y de que su sitio estaba en casa, haciendo las camas… le fue asignado como compañero Javier. Para todos estuvo claro el mensaje del comisario: él tampoco estaba de acuerdo con el nuevo miembro que se le había enviado. Ramón cuando conoció el emparejamiento intentó hablar con su superior: era una barbaridad hacer aquéllo. Javier era un buen hombre, pero incapaz de permanecer cinco minutos con una mujer a solas. Había tenido varios percances ante las denuncias por abusos, y aunque siempre habían conseguido convencer a las perjudicadas de que las retirasen, estaba claro que todo era cuestión de tiempo. Y ahora Rosa era su compañera. Pero el jefe no quiso ceder ante los planteamientos de su sargento y consideró que no había razones suficientes para revocar su orden. Ramón tuvo que desistir de su empeño.

Durante varios días la expectación era patente. Todo el mundo esperaba la reacción de la chica cuando el policía iniciase su acoso. Mientras esto ocurría, Javier pregonaba a los cuatro vientos lo que pensaba hacer llegado el momento. Rosa permanecía ajena lo que se tramaba.

Una mañana, cuando todos los integrantes del cuartelillo preparaban su salida, apareció Javier con cara de poco amigos. No era frecuente aquel semblante reservado, y sobre todo no escuchar su histriónica risa que casi hacía temblar los cimientos. Se quedaron observándole, hasta que uno de ellos decidió preguntarle. La explosiva respuesta hizo que sus compañeros instintivamente retrocedieran. Entonces llegó Rosa. El gesto de Javier se hizo entonces más cetrino. Como si no se hubiera dado cuenta de la expectación reinante la chica recogió los mensajes y los leyó sin prisa. Después, apenas con un susurro, instó a su compañero a que emprendieran la marcha. El hombre masculló algo entre dientes. Todos afinaron el oído al ver que la muchacha se acercaba a él y, mirándole fijamente, le preguntaba por lo que había dicho.

Durante mucho tiempo y sin preocuparse demasiado de si Javier estaba o no presente, sus compañeros hicieron chanza de lo que ocurrió a continuación. Pero algo sí había cambiado: nadie volvió a intentar convencer de alguna foma a Rosa de que debía dejar su puesto. Ramón sonreía al evocar la escena: la joven, con un gesto que no admitía bromas, se había acercado a su compañero instándole a que repitiera lo mascullado. Éste, instintivamente, bajó las dos manos hasta la ingle, intentando protegerse de una supuesta agresión que sólo él fue capaz de preveer. En ese momento una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de la chica quien, sin inmutarse, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Javier, completamente ruborizado y sin levantar la mirada, la siguió en silencio. Una sonora carcajada de todos acompañó la salida de los dos policías. La explicación ante lo ocurrido no hizo falta. Todos comprendieron cuál había sido la reacción de la muchacha ante el intento de su compañero por violentarla.

Cuando Ramón llegó a casa y le contó a su mujer lo sucedido por la mañana tuvo que soportar durante gran parte de la noche las bromas que al respecto hizo ella, ante las escasas posibilidades de lo que entre sus compañeros había podido ocurrir.

Después de aquello todo volvió a la normalidad. La hija de ambos fue creciendo sin problemas, hasta que llegó el día en que anunció que se casaba. Tenía que reconocer que le cogió de sorpresa. Era cierto que se había convertido en toda una mujer, pero nunca se planteó en serio que había llegado el tiempo en que formaría su propia familia. El hombre elegido era alguien a quien conocían de tiempo atrás. No era mala persona, pero desde luego no lo consideraba idóneo para su niña. María sonrió con amplitud ante esos razonamientos, pero no intentó rebatírselos. Sabía que era inútil hacer ver con buenos ojos a un candidato a la mano de su hija. Nunca nadie sería lo suficientemente bueno.

La boda no estuvo mal, aunque durante toda la ceremonia estuvo muy tenso, dispuesto a saltar en cualquier momento sobre el altar e impedir aquella locura. Pero se contuvo. Su pequeña no se lo habría perdonado nunca. Rezó para que todo terminara cuanto antes y pudieran volver juntos a casa recuperando de ese modo la normalidad perdida. Pero pronto se dio cuenta de su tremendo error. Volvieron a casa, pero solos. Y eso le tuvo durante toda la noche inquieto y furioso. Su mujer no dijo palabra. Se limitó a observarle en silencio con algo que parecía un destello de compasión en sus ojos.

Cuando tuvo a su primer nieto en los brazos estuvo a punto de llorar. Recordó el momento en que esa misma escena se había repetido muchos años antes. Aquel pequeño ser le miraba con fijeza, como si quisiera aprenderse de memoria el rostro del que ya era su abuelo. Intentó negarse a que el niño se llamara Ramón como él, pero lo hizo sin demasiada convicción y orgulloso en su fuero interno de que aquella vez se le llevara la contraria.

Años más tarde se repitió el momento, pero esta vez nació una preciosa niña de la que él no se cansó de repetir a todo el mundo que era igualita que la madre. Y todos siguieron creciendo: unos hacia la vida y otros, como María y él, hacia el final.

Durante mucho tiempo su mujer estuvo enferma. Ella quitaba constantemente importancia a su sufrimiento, pero era patente el deterioro de su cuerpo. Cuando hablaba del futuro, lo hacía planeando proyectos y viajes como si su desconocimiento ante la imposibilidad de los mismos fuera total. Y llegó el momento de la despedida. Nunca se había sentido tan solo, tan desamparado como cuando regresó a casa después de dejarla en aquel lugar frío y desangelado. Las habitaciones parecían más grandes y vacías que de ordinario y él creyó durante varios instantes que su esposa iba a aparecer por cualquiera de aquellas puertas. Pero no fue así y el silencio se fue espesando y la soledad se instaló junto a él.

Durante los dos meses en que se negó a alejarse de su hogar pensó muchas veces en qué se había equivocado. Debió aprovechar los momentos en que pudieron disfrutar de su mutua compañía, y no haberse volcado de la forma en que lo hizo en el trabajo. Era cierto que María nunca se quejó, pero ahora que el tiempo se había terminado, la echaba de menos como nunca imaginó, y sentía no haberle proporcionado aquellos viajes que ella añoraba hacer. Siempre tuvo una excusa para no alejarse de la comisaría. Simpre alegó que habría tiempo cuando se jubilara. Entonces irían a todos aquellos lugares sin la prisa de tener que volver a casa un día determinado. Ella nunca se quejó… pero le miraba.

Ramón volvió a sentarse y observó el paisaje por la ventanilla. La verdad, pensó, es que aquel lugar era confortable. Casi como una ráfaga dejó que su mente evocara de nuevo el vagón de aquel tren que vio por primera vez hacía más de cuarenta años: los asientos de madera, la puerta de cristal, el revisor con su oscuro traje… Sintió una especie de añoranza por aquel tiempo en el que aún era joven y su vida estaba llena de ilusiones. Recordó las lágrimas de su madre ante su deseo de volar. El gesto hosco de su padre. El pueblo.

Sólo entonces se dio cuenta que en aquel retablo faltaba la persona más importante de toda su vida: María. Ella aún no se había cruzado en su destino. Y supo también que volvería a andar el mismo camino hasta encontrarla de nuevo si tuviera que retroceder en el tiempo.

El tren había parado y Ramón Bernabeu se dispuso a bajar de él. Por la ventanilla ya había visto a su hija que junto a los niños esperaban poder abrazarle. Cogió la bolsa de viaje y se encaminó hacia la salida del vagón. Sintió una presencia que se pegaba a él. No sin cierta molestia se volvió decidido a increpar al que casi le empujaba. No vio a nadie a su lado. Parado, sintió la sensación de calidez que siempre tenía ante la mirada de María. Ella estaba allí. Con él. Pensó que se estaba volviendo loco, pero no quiso rechazar aquel momento y siguió caminando. Su hija se le quedó mirando al ver la sonrisa del padre: siempre sonreía de aquella forma al mirar a su madre. Era algo que recordaba con claridad desde pequeña y que siempre buscó en los ojos del hombre que tenía que compartir su vida.

Una vez recogido el equipaje, buscaron un taxi. Ramón se quedó por un momento parado ante la puerta del vehículo. Parecía estar dejando pasar delante a alguien. Después, sin perder la sonrisa, se acomodó en el asiento.





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Los vikingos

¿Eran asesinos a sueldo?.

Los vikingos estaban considerados por el resto de civilizaciones y pueblos como los guerreros más feroces de su tiempo. Por este motivo, los reinos vecinos solían contratarlos en calidad de mercenarios. Su fama llegaba hasta tal punto que hasta se tienen datos de que, cada verano, numerosas formaciones de vikingos salían de Escandinavia ofreciendo sus servicios al mejor postor.

Una de las castas guerreras más feroces y temidas era la de los Berserker. Hoy en día, los estudios barajan la posibilidad de que su agresividad no fuera aprendida, sino heredada. Se cree que podría tratare de un grupo de perturbados que, por herencia genética, habrían desarrollado diversos tipos de paranoia e, incluso, epilepsia. Estas alteraciones les provocaban ataques y convulsiones cuando entraban en combate, lo que les hacía mucho más temibles y violentos.





Jardín (2005)

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Casablanca

Estaba asomado en mi balcón, y pensaba sobre las novelas o guiones de películas cinematográficas. El dilema que se le presenta al autor cundo tiene que decidir como terminar su obra, y si elige un final a gusto del pensamiento se la sociedad en que vive, el que más va a vender, o el que le gustaría a él.

Pongamos la película, Casablanca, que la ha visto casi todo el mundo.

Final de hombre de honor, y sufridor, el del film:

Rick, se queda en el aeropuerto, y la chica de la que está enamorado, se le va con su marido, el tiene que huir, porque si lo pillan lo escogorcian, y encima, se va a la legión con su amigo el gendarme. Sin dinero, sin mujer, y como el jinete solitario, para que lo maten.


Final maquiavélico:

Se pone de acuerdo con el gendarme y el alemán, denuncia al marido, lo fusilan, y ella cuando se entera, lo odia muy mucho, y se va a Tánger de corista.


Final borde:

Le suelta un tiro, al follonero del marido, y le cuenta a ella que han sido los alemanes, así, ¡Por fin! Se la lleva definitivamente al huerto.


Final homosexual:

Está harto de sufrir con las mujeres, y se da cuenta que sólo lo han querido el pianista, y el gendarme, así, que le deja todo el dinero al músico, y se va a tener nueva vida, con alguien que no se la amargue.


Final erótico-salvaje:

La chica le dice, que está hasta las narices del marido, con tanta política y tanto correr, y que ella quiere estabilidad, además con tanta reunión y tatos ideales, el marido no le hace caso, que ella necesita, más ñaka ñaka.


Final financiero:

La chica le dice a Rick, que tiene la pasta de la resistencia, que le de el pasaporte al marido, que se vaya a Portugal, y que los dos se van a Brasil a disfrutar, dejándo a los de Casablanca que se maten.


Final de conciencia:

Está muy arrepentido de lo que pasó en Paris, y cuando aparece la señora, dice “aparta de mí, no me hagas pecar pensando en una casada, va de retro”.


Final gilipolla:

Rick queda hundido por la marcha de su amada, regresa al bar y mientras escucha la melodía con varias botellas de licor, saca la pistola y se da un tiro.


Final heroico:

Va al despacho del alemán, se carga al jefe, y a los soldados que puede, mientras pasa el avión con la amada por encima, termina la película, poniendo una medalla encima de la tumba cuando acaba la guerra.


Final hasta las narices:

Manda a su amada a la porra, que se vaya con su marido, vende el bar, coge el dinero, y se va a Brasil, el solo, y que les den a todos.





Poncio Emiliano (2005)

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