Historia de mi casa

Nunca he vuelto al pueblo ni creo que a estas alturas de mi vida lo haga, pero aún soy capaz de conservar en mi mente el olor de la hierba cuando llovía, o el aletear de los árboles al compás del viento. Hace muchos años de todo aquello. Demasiados quizás. Y es ahora, cuando mi final se me antoja cercano que los recuerdos fluyen con facilidad y parece que las imágenes se hagan más nítidas. Más presentes.

Nicolás era mi abuelo. Apenas lo recuerdo sin la cabeza gacha, observando si los sembrados crecían lo suficiente. Tan sólo levantaba la vista para mirar a los árboles o las lejanas nubes que se acercaban, amenazadoras a veces. Físicamente era un hombre de no muy alta estatura, pero con la fuerza en sus manos que da el no haber tenido otra cosa en la vida para salir adelante. De abundante pelo blanco, calaba siempre una boina que ya era parte de su imagen.

Estaba casado con Nieves, mi abuela. Mujer férrea, arisca y poco dada a las ternuras, apenas sonreía siendo su afición favorita la de remugar por lo bajo y gritar con destemplanza a todo aquel que osara entrar en sus dominios. De estatura bastante más alta que su marido, llevaba el pelo rubio, siempre largo, arremangado en un moño. Sólo por la noche cuando las lechuzas salen a tomar el fresco era posible verla deambular por la casa con la melena suelta.

El matrimonio vivía en un pueblo norteño, lo suficientemente lejos de las grandes ciudades para que el tiempo se contase de otra manera, y las cosas importantes dependieran de la naturaleza y no de la mano del hombre.

Pero hay algo que debo hacer a partir de este momento para ajustarme a la verdad: desaparecer. En los tiempos en que esta historia empieza realmente, no había ni pensamientos de que yo entrase a formar parte de ella. Mi padre era apenas un niño, y mi madre crecía en el extremo opuesto de ese lugar. Lo que cuento acto seguido lo escuché una y otra vez en varias versiones. Posiblemente todas ellas tuvieran un atisbo de verdad en su fondo. Y seguramente también al final mi imaginación haya llenado los huecos de lo que faltaba. Tampoco importa demasiado. Nadie vendrá ya a desmentirme.

Corría el año 1921. El mes de Agosto había hecho su entrada con fuerza y todo parecía indicar que sería un verano más. Nieves y Nicolás se habían casado apenas hacía un año y la llegada del primer hijo era inminente. En el pueblo donde ambos vivían, eminentemente agrícola, apenas tenía trabajo para todos sus habitantes, y la escasez para la supervivencia era cada día más preocupante. Y encima la llegada de aquel niño complicaba aún más las cosas.

El parto no tuvo demasiadas complicaciones. Nieves era una mujer joven y llena de fuerza que a sus veintiún años acababa de traer un ser humano al mundo. Nicolás, seis años mayor que su mujer, se quedó mirando al pequeño sin terminar de comprender cómo había sucedido aquello. En aquel mismo instante supo que las cosas no podían seguir así y que debía hacer algo para cambiar el rumbo de su vida. Volvió la mirada hacia el infinito y en sus ojos se vio la más absoluta resolución: debían irse de allí.

Desde hacía tiempo entre las gentes del pueblo se hablaba de que había mejores oportunidades más al sur, no muy lejos de allí. Era tierra de viñedos la nombrada y hacía falta mano de obra en abundancia. Los comentarios también se cernían sobre que la tierra era barata y que se podía emprender la aventura de ir por libre. Algo más de trescientos kilómetros les separaban de aquel paraíso. Nicolás estuvo tentado en varias ocasiones de adelantarse él solo para comprobar con sus propios ojos todo aquello, pero no se atrevió a marchar debido al estado de su mujer. Pero aún así hizo algunos comentarios al respecto, sin recibir otra cosas que el silencio por respuesta. No le llamó la atención esa actitud en Nieves, ya que no era corriente que la mujer tomase decisiones que sólo correspondían al hombre. Su única obligación era la de obedecer y seguir a su marido allá donde éste fuese. Eran otros tiempos.

Al niño le pusieron por nombre José Antonio Nicolás, aunque siempre se le llamó Antonio. A los dos meses de su nacimiento emprendió camino, junto a sus padres, hacia lo desconocido.

El camino lo hicieron andando, sin más compañía que la de Jacinto, un burro que llevaba años siendo parte de la familia. Detrás de él y arrastrado por el animal, el carro con los pocos enseres que poseían. En un cajón de los que se utilizaban para recoger fruta, envuelto en una manta, dormía el pequeño. El joven matrimonio andaba sin apenas hablar entre ellos, compartiendo camino con Jacinto.

El trayecto fue largo y pesado. El otoño había ido llegando casi sin notarse. Durante el día el sol lucía en todo lo alto con fuerza, pero por las noches se notaba que algo en el ambiente estaba cambiando. Era en esa calma que da el descanso cuando se veía la distancia recorrida y la que todavía quedaba por delante. No era mucha la que faltaba, pero sí la suficiente para tener que estar todavía un par de días más golpeando piedras al andar. En ningún momento escuchó una sola queja de cansancio en su mujer. Dormida a su lado la miró con cierta ternura, sabiendo que en cualquier momento podía abrir los ojos y ver dureza en ellos. No era fácil ver otra cosa, pero no era culpa de ella. La vida no le había sido sencilla nunca. Apenas una niña perdió a sus padres siendo acogida en casa de unos tíos que más que como a una hija la trataron como si hubieran adquirido una criada a perpetuidad. Los malos tratos fueron algo diario y cotidiano, tanto de obra como de palabra. Apenas un jergón en la cocina era su única posesión, lugar de donde le estaba prohibido salir salvo para servir la mesa. En ese clima fue creciendo y haciéndose una persona llena de desconfianza hacia los demás.

Un día se cruzó con ella y ya no pudo apartar sus ojos. Alta, rubia y con una fuerza incontenible en sus ademanes, quedó cautivado por aquella presencia que era la expresión viva de la naturaleza. Tardó dos años en atreverse a dirigirle la palabra. Se sorprendió cuando ella le contestó. Los primeros saludos dieron paso a cortas paradas en la calle donde intercambiaban palabras cuyo sentido daba igual. Lo importante era que cada vez los momentos eran más largos. El joven se presentó un día en casa de los tíos con el objeto de pedir permiso formal para salir con la sobrina. Al principio no pareció haber ningún problema, hasta que unos años después, y en una nueva visita a aquella casa, planteó su intención de casarse. Todo fueron problemas entonces. Estaba claro que el hecho de quedarse sin el servicio gratuito que Nieves proporcionaba no era plato de gusto de aquella familia. La situación fue empeorando según pasaron los días hasta tal punto que apenas podían verse. Nicolás se desesperaba. La entrega de una vaca y un saco de semillas puso fin al problema. Entonces, en los pueblos, las cosas se solucionaban así. Lo peor de todo es que el joven había gastado todos sus ahorros en la adquisición de esa “dote”, y apenas quedaba nada para el futuro común de la joven pareja. Ni siquiera entonces Nieves protestó.

Y poco más de un año después se encontraba en medio de Dios sabe dónde y camino de un futuro incierto. Nicolás movió la cabeza preocupado. Y si se había equivocado?. Durante parte de la noche siguió dándole vueltas a todo aquello hasta que sin darse cuenta se durmió. Sintió que alguien le zarandeaba con fuerza. El día ya estaba allí y era hora de emprender de nuevo la marcha. Dos días y medio después llegaron a su destino.

Lo primero que les llamó la atención fue el color de la tierra: era de un rojo intenso, contrastando con el verde casi luminoso de los viñedos que crecían por todas partes.

En una de las casas del pueblo encontraron habitación. No era muy grande pero por lo menos estarían bajo techo hasta encontrar algo mejor. El joven dejó a su mujer acondicionando lo poco que tenían y haciendo que aquel lugar tuviera más tarde visos de hogar. Él tenía que encontrar trabajo. Deambuló por aquel nuevo escenario para sus ojos, preguntando sobre las necesidades en las que pudiera ser útil. Todo se concentraba en el campo. Hacia allí se dirigió. Habló durante todo el día con algunos capataces de fincas cercanas, pero la mano de obra estaba ya completa. Cuando empezó a caer la noche, cansado e impotente, emprendió camino a casa.

A pesar de lo ajetreado del día apenas pudo dormir. No parecía tan fácil como pensó en un momento lo de encontrar faena. Casi al amanecer se levantó dispuesto a que no se le escapara la jornada, y con un bocadillo por si el camino se hacía lejano emprendió la búsqueda del sustento para su familia. Habían pagado dos días de habitación y casi estaban tocando a su fin. Al salir del cuarto sus ojos miraron de hurtadillas a su mujer. Parecía más enjuta y erguida que días antes. Debía ser su imaginación.

Nieves pasó el tiempo de ausencia de su marido entre amamantar al niño y colocar una y otra vez las cosas de un lugar a otro. La verdad es que apenas tenía nada que hacer. Pensó en salir a darle un vistazo a aquel lugar, pero la contuvo el darse cuenta que todas las miradas pasearían por ella, encontrándola extraña. Nunca había sido especialmente vergonzosa, pero le molestaba ser observada en demasía. Y eso era lo que ocurría cuando alguien nuevo llegaba a un sitio pequeño como aquél. Al cabo de un rato de no saber muy bien qué hacer, se decidió a salir. Envolvió al niño con la única mantita que tenía, y que había hecho ella misma con relates que fue reuniendo durante su embarazo. No había quedado mal del todo al fin y al cabo. Dejó a su hijo sobre la cama y fue hasta el candil que había sobre la mesa. Bajó la llave hasta que el depósito de petróleo quedó cerrado. La llama se apagó. Cogió de nuevo al niño, respiró con fuerza y emprendió camino hacia la calle.

Lo primero que hizo cuando la luz del sol le dio en la cara fue ir a ver cómo estaba Jacinto, el otro miembro de la familia. El burro junto con el carro habían sido guarecidos en un patio colindante. El animal pareció alegrase al verla llegar e hizo intento de rebuznar, pero se contuvo al advertir el gesto abrupto de su ama. Las cosas no debían ir demasiado bien, así es que optó por quedarse quieto y esperar mejores momentos para enredar. Un leve gesto parecido a una caricia fue lo único que recibió. Echó de menos la voz de Nicolás que le hablaba continuamente. No se podía quejar del trato que recibía. Lo peor era que por las noches le dejaban sin más compañía que la del carro. Pero siempre había sido así por lo que no tenía por qué quejarse. Nieves se marchó después de asegurarse que la paja y el agua quedaban a su alcance.

Roha era un pequeño pueblo situado al sur de la provincia riojana. Sus calles, estrechas y empinadas hacían que el trayecto hacia abajo fuera fácil; el problema surgía al invertir el sentido del camino: hacia arriba se hacía costoso el regreso.

Los rohareños eran gentes tranquilas, afables y con el descaro en la mirada. Caminaban sin demasiada prisa ya que el día era largo y las distancias cortas. Los hombres calzaban mocasines anchos y descoloridos, y sus ropas parecían estar cortadas por la misma mano: pantalones de pana, blusones anchos y negros y boina calada hasta las cejas. Las mujeres se limitaban a llevar vestidos de amplia y larga falda, siempre de tonos oscuros, que ocultaban los pies a cualquier indiscreción. Los pelos recogidos en moños, algunos recubiertos por la negra redecilla que los terminaba de sujetar. Las miradas oscuras, interrogantes y curiosas recorrieron la imagen de Nieves una y otra vez.

Casi al final del pueblo un pequeño río caminaba con pereza hacia su destino: el Ebro. Como punto de reunión y tertulias, una plaza con una especie de entarimado cubierto en el centro, donde era fácil adivinar que en las fiestas la banda de música debía encaramarse para celebrar al patrón San Mateo. La joven, con el niño dormido entre sus brazos, siguió recorriendo las calles. Al llegar al final de una de ellas casi se tropezó con un edificio que por su mayor envergadura destacaba del resto casi todo de plantas bajas. Era la iglesia. Nunca había sido excesivamente devota pero sintió deseos de entrar. De todos modos algún día tendría que hacerlo. Estaba a oscuras y sus ojos tardaron algunos minutos en acostumbrarse a aquella penumbra. Lo primero que vio fue un gran Cristo crucificado que parecía observarla desde lo alto. Casi se asustó. La imagen, de casi dos metros de altura estaba incorporada a la pared por grandes clavos que la sujetaban. El rostro, inclinado hacia abajo y con los ojos abiertos tenían la serenidad del que permanece ajeno a la situación en la que se encontraba. Pareció que las dos miradas se encontraban por unos segundos. Dándose cuenta de que aquella visión era algo irreal, la mujer siguió avanzando hacia el interior del recinto. Al fondo, en el único altar de la pequeña iglesia una más diminuta capilla y una virgen que también parecía observarla. Tenía un niño sujeto con uno de sus brazos que parecía querer escapar. Una gran corona ceñía su cabeza. A sus pies tenía algunas velas que oscilaban encendidas. La joven observó un pequeño rótulo apenas iluminado por los cirios y se acercó a leerlo: Virgen de la Vega, Patrona. Volvió a levantar la vista y entonces se dio cuenta del esplendoroso manto que la envolvía. Estaba claro que los lugareños veneraban con esmero a su virgen.

Esa noche Nicolás escuchó asombrado las explicaciones que durante largo rato le dio su mujer sobre el interior de la iglesia que había visitado. Su sorpresa fue en aumento durante bastante tiempo, no por la minuciosidad del relato si no porque nunca había escuchado tan largo y extenso monólogo en Nieves. La joven, parca en palabras, apenas utilizaba un par de monosílabos en todo el día, y eso cuando se encontraba de buen humor. Lo normal era escuchar apenas un gruñido o varios murmullos dichos en voz baja. Pensó que cuando dispusiera de un poco de tiempo debía ir por allí para dar las gracias por el milagro. Con una leve sonrisa se quedó dormido. El día no había sido del todo malo.


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Gabriel

Este maldito tren no termina de llegar y ya son las diez y diez de la noche. ¡Vaya día que he tenido hoy!. El de esta mañana también ha llegado con retraso. Se ve que hay días y días.

Estoy cansado. Debe ser el calor. Debería retirarme, ya es hora de que descanse. Pero, ¡cómo voy a jubilarme si apenas nos llega el sueldo?. ¡Con qué comeríamos entonces?. Además sólo faltan dos años para que me obliguen a hacerlo. No veo por qué encima tengo que darles facilidades yéndome antes. Y con la pensión no sé qué haríamos. Es muy poco lo que queda.

Cuarenta años cerrando estas dichosas barreras y apenas queda otra cosa más que manos encallecidas. Las diez y veinte y no se le ve. Hoy sí que lleva retraso. Juana debe estar refunfuñando. Seguro que la cena ya se ha enfriado.

Es buena mujer. Aún recuerdo cuando la conocí. Era la más bonita del pueblo. No sé quién nos presentó. Tenía dieciocho años y yo veintitres. Dicen que el flechazo no existe, pero aquello lo fue. En cuanto la vi pensé que era para mí. La verdad es que no me costó mucho convencerla de que nos casáramos. Otro cantar fue su padre, el señor Paco. Todo un carácter. Dijo que yo era un bala perdida y que de su hija no se aprovechaba nadie. Tuve que recurrir a llevar a toda mi familia a su casa para que comprendiera que mis intenciones no eran otras que ir delante del cura.

Juana. Cuántas cosas juntos. Buenas y malas. Me resulta un poco difícil verla ahora y recordarla cómo era antes. Ha engordado mucho. Esta mañana, mientra la veía preparar el desayuno, me he dado cuenta de que tiene el pelo gris. Y está claro que no se le ha hecho en una noche. Tiene razón cuando dice que soy un despistado.

No me he portado mal del todo con ella. Alguna vez cuando era más joven iba de correrías. Al regresar a casa allí estaba, sentada, esperando, sin una sola palabra de reproche, sin una acusación en todos estos años. Es una buena mujer. Siempre he procurado que no le faltara nada. Ni a ella ni al hijo.

El hijo. Gabriel. Cuando nació al año siguiente de casarnos tuvimos nuestra primera pelea. Yo quería que se llamara como mi padre: Tomás. No he visto en mi vida a una mujer ponerse más terca. Enarbolaba que el primer hijo si era varón tenía que llevar el nombre del padre. Y su padre era yo. Ella como madre, tenía más derecho que nadie a decidir en tal caso. Estuvimos dos días discutiendo. Al final venció el más fuerte: ella. Lo cierto es que me sentía orgulloso de que fuera así y de la tozudez demostrada por mi mujer. Pero al haber propuesto en primer lugar el nombre del abuelo no podía ceder. Había que mantener la autoridad, paterna en este caso. Pero no todo es como parece. Durantos esos dos días de guerra declarada no se oía otra cosa más que: “¿cómo está mi Gabrielito?”, o “¿por qué lloras, Gabriel?”. Y claro, ante esta última pregunta eran muchas las veces que yo respondía negando que hubiese tal llanto o cosas por el estilo. Las risas de mi mujer se debían oír en el pueblo de al lado.

Al mismo tiempo y atacando desde otro frente, se dedicó a intentar “convencerme” que era mejor cejar en mi empeño a morir de hambre. De repente las comidas –y Juana es una excelente cocinera- empezaron a estar muy saladas… pero mucho. Aquello parecía más sal con caldo que otra cosa. O patatas. O carne. Daba igual. Era como tener unas salinas en casa y en plan exclusivo. Eso fue el primer día; el segundo cambió de táctica y el desayuno tuvo un extraño sabor a vinagre que hizo imposible ingerirlo. La comida picaba al igual que si poseyese el fuego del infierno. Y en la cena vino mi rendición incondicional: no estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida así. Y con Juana todo era posible.

El niño se llamó Gabriel Tomás.

Hace cinco años que no le veo. En lo cabezota ha salido a mí. Tiene el mismo orgullo.

Creció bien, sin problemas. Hasta que llegó la “mili”. Entonces todo se complicó: tuvo que ir a Salamanca y allí fue donde cambió. Regresó al pueblo diciendo que quería ver mundo, que se ahogaba aquí. Un día, pasados algunos meses desde su llegada, tuvimos una pelea fuerte. Le abofetee. Por primera vez en mi vida le pegué. No dijo nada. Se quedó mirándome y se fue. No volvió en toda la noche. Su madre, llorando, me decía que había hecho mal, que fuese a buscarlo. Podía haberle pasado algo. Me quedé sentado sin hablar. Había pegado a mi hijo. Por primera vez. Y eso me dolía... pero no podía moverme. Tenía que ser él por sí solo quien volviese. Estaba en juego mi prestigio como padre, y no lo iba a perder porque un mocoso como aquél me viniese con ideas sacadas de Dios sabe dónde. A veces los padres cometemos muchas tonterías, pero yo entonces aún no lo sabía. Y eso se paga. Siempre se paga.

A la mañana siguiente, casi amaneciendo, volvió. Entró sin decir nada. Al poco rato salió con la maleta. Se iba. Su madre trató de impedírselo en vano. Yo seguí sentado.

Al cabo de unos meses escribió. No quise leer la carta. En pocos días supe lo que decía. Estaba bien. Juana, con la mirada fija puesta en mí, me hablaba y yo escuchaba. Trabajaba y estudiaba por las noches. Estaba bien.

Y así pasaron muchos años. Hasta que un día al llegar a casa mi mujer salió a mi encuentro con un papel en las manos, riendo y hablando al mismo tiempo. Apenas pude entender lo que decía. Cogí la hoja que blandía con tanto júbilo y por primera vez en tanto tiempo leí una carta del hijo. Venía a vernos. Se había casado. Quería que conociéramos a su mujer. Llegarían dos días después en su coche. Juana me miraba sonriendo. Yo leía una y otra vez las mismas palabras. Se había casado. Con quién?. Por qué no nos había avisado?. Al fin y al cabo éramos sus padres. Esa pregunta salió al fin y se la hice a mi mujer. Se quedó callada mirándome. Después oí que no tenía importancia, que sólo debíamos pensar en que por fin regresaba.

Salí de allí porque ahora era yo el que se ahogaba.

Deambulé por las calles y al final caí sentado en la estación. Mi estación. El único lugar donde realmente siempre me había sentido seguro y dueño de algo. Mi hijo se había casado. Era como un martilleo que taladraba mi cabeza. Lo veía delante de mí, corriendo y saltando, imitando el sonido del tren al pasar. No podía ser que hubiese pasado tanto tiempo. No podía ser ya un hombre con edad suficiente para formar una familia. Me sentí viejo y enormemente cansado. Como lo estoy ahora.

El día de su llegada salí de casa como todas las mañanas. Mi mujer cantaba como sólo lo hace cuando está contenta y es feliz. Cerré las barreras hasta que pasó el mercancías de las 9,30. Hasta las diez de la noche ya no tenía nada que hacer. Fumé sin parar mirando las vías que había visto durante toda mi vida. No sabía a qué hora llegarían. No fui a comer. No sabía qué hacer. Seguí fumando.

Cerca de las diez de la noche me levanté para colocar de nuevo la barrera. Me dolía el cuerpo y mi estómago reclamaba alimentos. Había estado allí todo el día sin apenas moverme.

Una vez finalizado el trabajo, me dirigí lentamente a casa. Al entrar vi a Juana sentada, esperando. No dijo nada. Recordé, en su mismo gesto, nuestra juventud. Vi la mesa puesta. Cuatro cubiertos. Un plato vacío, limpio. Supe que era el mío. Ella seguía allí, sin moverse, sin mirarme siquiera. Empecé a hablar, quise explicar… pero se levantó y entró en el dormitorio. ¡Cuánto orgullo hubo en su cuerpo en ese instante!.

Han pasado cinco años desde entonces. Juana sigue sin hablarme. Ni una sola palabra desde aquella noche. Sé que recibe cartas del hijo. Sé que tengo un nieto, un chico: Tomás. Un día encontré una de esas cartas. Hablaba del pequeño.

Por fín. Dichoso tren. Ahora a casa. Estoy cansado. Mi mujer estará refunfuñando porque la cena se ha enfriado. Pero en cuanto me vea entrar, callará. Como hace siempre. Cinco años ya. Me gustaría conocer al chico. No está bien que un nieto no conozca a su abuelo. Tengo que decidirme y hablar con Juana. Por el bien del niño. Podríamos hacerles una visita. No me pueden negar unos días de permiso. Nunca he pedido vacaciones.

He de hablar con mi mujer… un día de éstos.


Chesana-mi-relato-llamado-Gabriel


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