Don Leandro

Don Leandro es uno de esos personajes que parecen sacados de cualquier cuento que se precie. Su delgada figura siempre culminada por el invariable sombrero y un elegante bastón que jamás reconocerá le sirve para apoyarse levemente y no caer, es conocida en los ámbitos más selectos y cultivados de la ciudad. Todo el mundo sabe que apenas tiene recursos para vivir y por eso parecen afanarse en invitarle al café con leche y un diminuto bollo, que apenas mata el hambre del anciano. 



Pero siempre responde de la misma forma: primero negándose tímidamente a la invitación, luego aceptándola muy digno él, y finalmente conteniendo las ganas de lanzarse a por el bollito mientras revuelve con parsimonia disimulada el café con leche. El camarero, que también conoce su situación económica, siempre le pone tres terrones de azúcar, no porque don Leandro sea goloso, si no porque todo sirve para llenar el estómago.

Su conversación, extremadamente culta, es escuchada con atención por sus contertulios que saben ha recorrido mundo -o eso cuenta él- y que son muchas las aventuras vividas. Nadie conoce qué altos estudios tuvo en su juventud, pero nadie también se atreve a indagar sobre ese tema, no vaya a ser que el caballero se ofenda.

Un buen día hace ya algunos años le vieron pasear por las calles llevando del brazo a una señora que parecía tener algo en común con él. La curiosidad pudo con algunos que se acercaron a la pareja con intención de ser presentados, y conocer así la afiliación de la dama, pero fallaron estrepitosamente en su intento ya que don Leandro se limitó a hacer un leve gesto con el sombrero y seguir caminando sin admitir la parada. Nunca más se volvió a ver a dicha señora. Sólo se observó que poco después apareció con su habitual corbata gris pincelada levemente con trazos negros, completamente negra y con la mirada perdida. Era evidente su tristeza, pero de nuevo nadie se atrevió a preguntarle. Durante un tiempo se le vio sin admitir compañía alguna, sentado en uno de los sillones del casino... y sin tomar ningún café con leche más bollo.

Su porte al caminar era pausado, elegante y con ciertos aires que nadie catalogaba de superioridad. Reverenciaba a las señoras con las que se cruzaba, y de nuevo un leve toque a su sombrero era el saludo para los hombres. Jamás se paraba desde aquel cambio de color de su corbata: unos decían que no quería que nadie le preguntara, y otros en cambio argumentaban que era un hombre raro, afirmación que la mayoría se negaba a corroborar. Se instaló en aquel lugar hace no demasiados años pero sí los suficientes para ser conocido, reconocido y respetado por todos.

Un día alguien fue de tienda en tienda comentando que había visto a don Leandro subiendo al único autobús de línea que allí había. Pronto todo el pueblo conoció el hecho, y todo el mundo también se extrañó. El ilustre vivía hospedado en una de las habitaciones que solían alquilarse, propiedad de un matrimonio ya algo mayor que habían nacido, casado y tenido hijos sin salir nunca del lugar. En un momento dado varios vecinos, en grupo, fueron a preguntar a quienes cobraban religiosamente por esa habitación, pero el matrimonio no supo dar cuenta del por qué de la marcha. Ni siquiera sabían que se iba hasta esa misma mañana.

Cuando el autobús volvió ya por la noche, había de nuevo un grupo esperando a Remigio, el conductor. Él tampoco sabía nada porque don Leandro... se bajó en la primera parada del trayecto... en el pueblo de al lado. Al día siguiente tres de los vecinos, en la furgoneta de uno de ellos, se dirigió a la localidad vecina y preguntaron por todas partes intentando saber del anciano. Nadie le había visto, nadie le recordaba.

Durante mucho tiempo todos se preguntaron qué había sido de aquel hombre que no parecía tener familia, y que había bajado del autobús apenas dos kilómetros más allá. Y un día dejaron de hablar de él, pero cada vez que llegaba el autobús miraban esperando verle bajar mientras Remigio, el conductor negaba con la cabeza.

Nunca más se supo de don Leandro.




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