La cara del moro

Cuando los árabes poblaban la Península Ibérica, en la ciudad amurallada de Lucentum, actual Alicante, situado sobre el monte Benacantil, en el castillo de Santa Bárbara, vivía un príncipe moro, dueño y señor de todas las tierras que alcanzaban la vista. Se llamaba Ahab.

Tenía una preciosa hija, de esbelta figura y gran hermosura, pretendida por los más nobles emires y sultanes de los alrededores. Pero Ahab, ambicioso y sagaz, quería para la princesa joyas y tesoros nunca vistos.

Un día, caminando la joven por los jardines, se asomó al torreón del castillo y miró hacia abajo, algo que solía hacer con cierta frecuencia. Vio bajo sí el poblado cristiano. Le hubiera gustado poder acercarse a aquellas gentes a quien su padre consideraba acérrimos enemigos, y entablar conversaciones de otros mundos, de otras gentes. De pronto observó que un joven apuesto la miraba desde una de las esquinas del poblado. Sus miradas se encontraron. La princesa sintió una descarga en su cuerpo y se apartó rápidamente del torreón. Ni siquiera con su nodriza habló de aquéllo.

Al día siguiente, nada más amanecer, corrió hasta el mirador. Sus ojos buscaron afanosamente pero no encontró al joven. Desencantada, deambuló durante todo el día, siendo la preocupación de su nodriza que no comprendía el motivo de la pesadumbre de su ama. Llegada la noche, la princesa se acostó sin poder dormir. Una suave brisa movió los visillos de la ventana. La joven, impulsada por una extraña sensación, se levantó. Casi dio un grito. Frente a ella había un mozo que la miraba embelesado; era el mismo que la había estado observando desde el poblado cristiano. Le preguntó que cómo había llegado hasta allí. El joven le contestó que escalando el monte. La princesa tembló porque nadie había conseguido nunca hacer aquello sin ser visto por la guardia real de su padre.

Los jóvenes sintieron la inmediatez del amor. Siguieron viéndose noche tras noche mientras la pasión hacía mella en sus corazones. Se juraron amor eterno como lo habían hecho miles de enamorados antes que ellos. Les separaba la raza, la religión, la enemistad de sus padres… pero no les importaba. Todas las madrugadas el joven cristiano ascendía por el Benacantil, con riesgo de su vida, sólo para estar con su amada.

Un día uno de los guardas vio una sombra ocultándose entre las palmeras. Dio la voz de alarma y toda la guarnición fue a la caza del intruso. Fue apresado y llevado hasta Ahab, el príncipe moro. Unos minutos después apareció la princesa, completamente demudada. Su padre la miró y se dio cuenta que los jóvenes ya se conocían. Llamó aparte a su hija y le preguntó. Zahira rompió a llorar y descubrió a su padre el amor que sentía por aquel joven. Ahab montó en cólera apartó a su hija con brusquedad fue hacia el mozo y le abofeteó repetidamente.

Esa noche Zahira enfermó de gravedad. Fueron llamados los mejores médicos del país y ninguno supo dar con la causa del mal. Entonces Ahab acudió a los astrólogos. Jaub, el astrólogo mayor del reino compareció a los pocos días ante el príncipe, comunicándole que el mal de su hija era el Amor. El padre cayó en una profunda depresión. Viendo que la joven no se recuperaba, le habló quedo haciéndole una promesa. Si al cabo de siete lunas los jardines del castillo se habían poblado de nieve, perdonaría la vida al cristiano; si en esas siete lunas todo seguía siendo verde, acabaría con su existencia. Zahira al oír las palabras de su padre salió de su letargo y aceptó el trato propuesto.

Cada mañana abría la ventana esperando ver la ansiada nieve, pero el intenso verde predominaba sobre el azul del cielo. Desesperada se aproximaba entonces al torreón y su vista se esparcía sobre el mar que tenía ante sí al cual imploraba ayuda.

Al amanecer del séptimo día abrió de nuevo el ventanal. Un manto blanco e inmaculado lo cubría todo. Lanzó un grito de alegría. Saltando y brincando fue en busca de su padre. Le anunció con gozoso alboroto que había nevado y que tenía que dejar en libertad a su amado. El príncipe la miró sombrío, dirigiendo por un instante la mirada hacia uno de los montículos que bordeaba el castillo. Zahira siguió los ojos de su padre y miró en la misma dirección. Casi pudo ver el hacha del verdugo cayendo sobre un cuerpo arrodillado. Su mente comprendió enseguida y su garganta lanzó un potente grito. Salió corriendo del palacio y fue hacia aquel cuerpo inerme. Cayó en tierra abrazándole, intentando devolverle la vida. El verdugo cogió la cabeza, la mostró a Ahab quien con un gesto le indicó que la tirara al vacío, monte abajo, como escarmiento para el resto de los cristianos. En el mismo momento de lanzarla, Zahira se dio cuenta de lo que pasaba y entre lágrimas y gritando desgarrada intentó coger la cabeza de aquel a quien había jurado amor eterno. El precipicio fue a su encuentro.

Ahab corrió despavorido, intentando sujetar a su hija pero el gesto llegó tarde y sólo pudo verla caer abrazada al rostro del joven cristiano. Entonces, roto de dolor, lanzó un alarido hacia el cielo, pidiendo a Alá que le castigara por su crimen. Y su dios le escuchó.

Al día siguiente se encontró el cuerpo sin vida del príncipe Ahab en la habitación de su hija. Le faltaba la cabeza. Cuando las gentes del poblado cristiano miraron hacia arriba vieron el rostro del moro en el mismo lugar por donde los dos jóvenes habían sellado su amor para toda la eternidad, esculpido en la misma piedra del monte Benacantil.

Según cuentan los viejos del lugar, cuando el viento arrecia y el Mediterráneo se vuelve gris, todavía se escucha el alarido del príncipe moro Ahab pidiendo perdón a su hija por no haber comprendido lo que es el Amor.


La cara del moro
Monte Benacantil - Castillo de Santa Bárbara


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