Lisarda

Es una mujer enjuta, seca, a quien los años y la dureza de los mismos han plateado su pelo y llenado su rostro de surcos profundos y tristes.

La casaron con apenas catorce años con un hombre al que nunca se atrevió a mirar de frente. Los hijos fueron llegando sin que nunca supiera muy bien cómo. Tuvo que trabajar la tierra, cuidar los animales, criar los hijos, llevar la casa y atender al marido cuando éste reclamaba.

Jamás tuvo paz ni descanso. Trabajó lo que no está escrito. Concibió engendrando porque así había que hacerlo y porque nunca supo cómo evitarlo. De los once hijos, seis los enterró sin saber si llorarlos o dar gracias al cielo porque ya no pasarían hambre. También su dueño y señor marchó un día, dejándola con todo y con nada.

Pasando los años, y la vida cambiando, un día en un pequeño aparato que no entendía vio a una mujer besando a otra. Se quedó ensimismada. Luego, ya noche entrada, revivió la imagen. No comprendía lo que había visto. No podía dormir. Pero quiso ser la chica morena, que despacio y con una amplia sonrisa se acercaba a la otra, la enlazaba y besaba con pasión.

La señora Lisarda murió esa noche. Dicen las vecinas que la vieron amortajada que lucía una amplia sonrisa en su rostro y que parecía haber sido feliz al final de su vida. Nadie supo nunca de qué murió. Sólo un sueño y ella.




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