Gabriel

Este maldito tren no termina de llegar y ya son las diez y diez de la noche. ¡Vaya día que he tenido hoy!. El de esta mañana también ha llegado con retraso. Se ve que hay días y días.

Estoy cansado. Debe ser el calor. Debería retirarme, ya es hora de que descanse. Pero, ¡cómo voy a jubilarme si apenas nos llega el sueldo?. ¡Con qué comeríamos entonces?. Además sólo faltan dos años para que me obliguen a hacerlo. No veo por qué encima tengo que darles facilidades yéndome antes. Y con la pensión no sé qué haríamos. Es muy poco lo que queda.

Cuarenta años cerrando estas dichosas barreras y apenas queda otra cosa más que manos encallecidas. Las diez y veinte y no se le ve. Hoy sí que lleva retraso. Juana debe estar refunfuñando. Seguro que la cena ya se ha enfriado.

Es buena mujer. Aún recuerdo cuando la conocí. Era la más bonita del pueblo. No sé quién nos presentó. Tenía dieciocho años y yo veintitres. Dicen que el flechazo no existe, pero aquello lo fue. En cuanto la vi pensé que era para mí. La verdad es que no me costó mucho convencerla de que nos casáramos. Otro cantar fue su padre, el señor Paco. Todo un carácter. Dijo que yo era un bala perdida y que de su hija no se aprovechaba nadie. Tuve que recurrir a llevar a toda mi familia a su casa para que comprendiera que mis intenciones no eran otras que ir delante del cura.

Juana. Cuántas cosas juntos. Buenas y malas. Me resulta un poco difícil verla ahora y recordarla cómo era antes. Ha engordado mucho. Esta mañana, mientra la veía preparar el desayuno, me he dado cuenta de que tiene el pelo gris. Y está claro que no se le ha hecho en una noche. Tiene razón cuando dice que soy un despistado.

No me he portado mal del todo con ella. Alguna vez cuando era más joven iba de correrías. Al regresar a casa allí estaba, sentada, esperando, sin una sola palabra de reproche, sin una acusación en todos estos años. Es una buena mujer. Siempre he procurado que no le faltara nada. Ni a ella ni al hijo.

El hijo. Gabriel. Cuando nació al año siguiente de casarnos tuvimos nuestra primera pelea. Yo quería que se llamara como mi padre: Tomás. No he visto en mi vida a una mujer ponerse más terca. Enarbolaba que el primer hijo si era varón tenía que llevar el nombre del padre. Y su padre era yo. Ella como madre, tenía más derecho que nadie a decidir en tal caso. Estuvimos dos días discutiendo. Al final venció el más fuerte: ella. Lo cierto es que me sentía orgulloso de que fuera así y de la tozudez demostrada por mi mujer. Pero al haber propuesto en primer lugar el nombre del abuelo no podía ceder. Había que mantener la autoridad, paterna en este caso. Pero no todo es como parece. Durantos esos dos días de guerra declarada no se oía otra cosa más que: “¿cómo está mi Gabrielito?”, o “¿por qué lloras, Gabriel?”. Y claro, ante esta última pregunta eran muchas las veces que yo respondía negando que hubiese tal llanto o cosas por el estilo. Las risas de mi mujer se debían oír en el pueblo de al lado.

Al mismo tiempo y atacando desde otro frente, se dedicó a intentar “convencerme” que era mejor cejar en mi empeño a morir de hambre. De repente las comidas –y Juana es una excelente cocinera- empezaron a estar muy saladas… pero mucho. Aquello parecía más sal con caldo que otra cosa. O patatas. O carne. Daba igual. Era como tener unas salinas en casa y en plan exclusivo. Eso fue el primer día; el segundo cambió de táctica y el desayuno tuvo un extraño sabor a vinagre que hizo imposible ingerirlo. La comida picaba al igual que si poseyese el fuego del infierno. Y en la cena vino mi rendición incondicional: no estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida así. Y con Juana todo era posible.

El niño se llamó Gabriel Tomás.

Hace cinco años que no le veo. En lo cabezota ha salido a mí. Tiene el mismo orgullo.

Creció bien, sin problemas. Hasta que llegó la “mili”. Entonces todo se complicó: tuvo que ir a Salamanca y allí fue donde cambió. Regresó al pueblo diciendo que quería ver mundo, que se ahogaba aquí. Un día, pasados algunos meses desde su llegada, tuvimos una pelea fuerte. Le abofetee. Por primera vez en mi vida le pegué. No dijo nada. Se quedó mirándome y se fue. No volvió en toda la noche. Su madre, llorando, me decía que había hecho mal, que fuese a buscarlo. Podía haberle pasado algo. Me quedé sentado sin hablar. Había pegado a mi hijo. Por primera vez. Y eso me dolía... pero no podía moverme. Tenía que ser él por sí solo quien volviese. Estaba en juego mi prestigio como padre, y no lo iba a perder porque un mocoso como aquél me viniese con ideas sacadas de Dios sabe dónde. A veces los padres cometemos muchas tonterías, pero yo entonces aún no lo sabía. Y eso se paga. Siempre se paga.

A la mañana siguiente, casi amaneciendo, volvió. Entró sin decir nada. Al poco rato salió con la maleta. Se iba. Su madre trató de impedírselo en vano. Yo seguí sentado.

Al cabo de unos meses escribió. No quise leer la carta. En pocos días supe lo que decía. Estaba bien. Juana, con la mirada fija puesta en mí, me hablaba y yo escuchaba. Trabajaba y estudiaba por las noches. Estaba bien.

Y así pasaron muchos años. Hasta que un día al llegar a casa mi mujer salió a mi encuentro con un papel en las manos, riendo y hablando al mismo tiempo. Apenas pude entender lo que decía. Cogí la hoja que blandía con tanto júbilo y por primera vez en tanto tiempo leí una carta del hijo. Venía a vernos. Se había casado. Quería que conociéramos a su mujer. Llegarían dos días después en su coche. Juana me miraba sonriendo. Yo leía una y otra vez las mismas palabras. Se había casado. Con quién?. Por qué no nos había avisado?. Al fin y al cabo éramos sus padres. Esa pregunta salió al fin y se la hice a mi mujer. Se quedó callada mirándome. Después oí que no tenía importancia, que sólo debíamos pensar en que por fin regresaba.

Salí de allí porque ahora era yo el que se ahogaba.

Deambulé por las calles y al final caí sentado en la estación. Mi estación. El único lugar donde realmente siempre me había sentido seguro y dueño de algo. Mi hijo se había casado. Era como un martilleo que taladraba mi cabeza. Lo veía delante de mí, corriendo y saltando, imitando el sonido del tren al pasar. No podía ser que hubiese pasado tanto tiempo. No podía ser ya un hombre con edad suficiente para formar una familia. Me sentí viejo y enormemente cansado. Como lo estoy ahora.

El día de su llegada salí de casa como todas las mañanas. Mi mujer cantaba como sólo lo hace cuando está contenta y es feliz. Cerré las barreras hasta que pasó el mercancías de las 9,30. Hasta las diez de la noche ya no tenía nada que hacer. Fumé sin parar mirando las vías que había visto durante toda mi vida. No sabía a qué hora llegarían. No fui a comer. No sabía qué hacer. Seguí fumando.

Cerca de las diez de la noche me levanté para colocar de nuevo la barrera. Me dolía el cuerpo y mi estómago reclamaba alimentos. Había estado allí todo el día sin apenas moverme.

Una vez finalizado el trabajo, me dirigí lentamente a casa. Al entrar vi a Juana sentada, esperando. No dijo nada. Recordé, en su mismo gesto, nuestra juventud. Vi la mesa puesta. Cuatro cubiertos. Un plato vacío, limpio. Supe que era el mío. Ella seguía allí, sin moverse, sin mirarme siquiera. Empecé a hablar, quise explicar… pero se levantó y entró en el dormitorio. ¡Cuánto orgullo hubo en su cuerpo en ese instante!.

Han pasado cinco años desde entonces. Juana sigue sin hablarme. Ni una sola palabra desde aquella noche. Sé que recibe cartas del hijo. Sé que tengo un nieto, un chico: Tomás. Un día encontré una de esas cartas. Hablaba del pequeño.

Por fín. Dichoso tren. Ahora a casa. Estoy cansado. Mi mujer estará refunfuñando porque la cena se ha enfriado. Pero en cuanto me vea entrar, callará. Como hace siempre. Cinco años ya. Me gustaría conocer al chico. No está bien que un nieto no conozca a su abuelo. Tengo que decidirme y hablar con Juana. Por el bien del niño. Podríamos hacerles una visita. No me pueden negar unos días de permiso. Nunca he pedido vacaciones.

He de hablar con mi mujer… un día de éstos.



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